Tomemos un ejemplo familiar: estamos estornudando. Si decimos: "Ya he vuelto a resfriarme" y continuamos, como suelen hacer muchas personas, pensando que hemos cogido un catarro con toda la serie de inconvenientes que lo acompañan, estamos ofreciendo al resfriado incipiente un terreno de cultivo donde desarrollarse. ¿Y quién no se ha entregado algunas veces a una serie de reflexiones sobre las enfermedades en general y los resfriados en particular? Trata uno de determinar el momento exacto en que se resfrió, y decide con cierta satisfacción que este resfriado es probablemente el resultado de haberse sentado el martes cerca de una ventana abierta, o de haberse quedado el miércoles con un amigo que tenía un resfriado, etcétera. Luego se acuerda de varios llamados remedios, los cuales, sin embargo, han resultado ineficaces en repetidas ocasiones. Empieza a preguntarse cuánto tiempo durará este nuevo resfriado, suponiendo que diez días o quince serán su duración apropiada. En ciertos casos, habiendo adquirido la costumbre de atribuirles ciertas complicaciones, decide que puede resultar una bronquitis, o un ensordecimiento general, o un mal de
vientre, o cualquier otra cosa. Tal como hemos visto, éste es el orden exacto en que se producen todas estas cosas y, como consecuencia natural, ocurre que en el mismo orden previsto los síntomas van dejándose ver.
Si tal persona tiene algún conocimiento general de la Verdad, después de estar pensando de aquel modo por un tiempo, comenzará a aplicarse el tratamiento espiritual de la mejor manera a su alcance. Pero ya el error ha tomado mucho cuerpo porque le ha permitido atrincherarse, y le será muy difícil entonces desembarazarse de su resfriado. En cambio, si al estornudar o sentir escalofríos, hubiese rechazado inmediatamente la idea de resfriarse, reclamando su poderío y afirmando la Verdad, eso habría puesto fin al caso, o por lo menos, la molestia se habría pasado al cabo de unas horas.
La misma regla vale para cualquier otra forma de error mental. Tanto las dificultades de la familia como las de los negocios o cualquier cosa de la vida diaria, deberán ser tratadas de igual manera. Supongamos que cierto día, al abrir las cartas en el correo de la mañana, encontramos malas noticias financieras. Digamos, por ejemplo, que el banco en donde depositamos la mayor parte de nuestro dinero ha quebrado. La actitud general en tales casos es aceptar lo peor y estancarse en la mala noticia. En semejante situación, muchas personas se saturarían completamente con la idea de la bancarrota, pensando en ella día y noche, y discutiendo todos los detalles y repasando las diversas dificultades que podrán sobrevenir. Además, sentirían en muchos casos un agudo resentimiento y condena hacia los ejecutivos del banco y hacia todos aquéllos que pudieran ser los culpables. Pero incluso un conocimiento rudimentario del poder del pensamiento nos permite percibir los resultados inevitables de esta actitud mental. Sabemos que no puede hacer más que aumentar y multiplicar
nuestras dificultades.
Naturalmente, en tal caso todo discípulo sincero de Jesucristo empezaría, tarde o temprano, a rechazar en su mente tales pensamientos negativos y a sustituirlos por lo que está aprendiendo: la Ley Divina. Puede ser, sin embargo, que, sorprendido por la precipitación y gravedad del suceso, pase algún tiempo antes de que comience a ver el problema a la luz de la Verdad; y es esta tardanza lo que complicará en gran medida la dificultad. De acuerdo con Jesús, lo que conviene hacer al recibir las malas noticias es volverse a Dios -el apoyo verdadero-, negarse a aceptar los pensamientos de la pérdida y el peligro, y todos los que tengan que ver con el resentimiento y el temor. Si así se hace con persistencia hasta que se restablezca la tranquilidad mental, se encontrará pronto fuera del peligro, de una manera u otra; la desgracia se desvanecerá y el orden será restablecido. El banco recobrará su crédito -y no hay razón alguna por la cual la oración de una sola persona no pueda salvar de la ruina las fortunas de miles de personas y al banco mismo- pero, si por alguna causa esto no ocurre, él recibirá una suma igual o más grande que aquélla que perdió, y acaso de una manera totalmente imprevista.
De, "El Sermón del Monte. Emmet Fox"